Articles and Essays by Mark Engler

    Desde el laberinto, un llamado al desarrollo humano

    El Informe de Desarrollo Humano ha propagado un tipo de pensamiento desarrollista que contrasta con el punto de vista dominante del Consenso de Washington.

    En los debates acerca del desarrollo económico global que se convierten en discusiones técnicas de las tasas de inflación y las balanzas de exportaciones, uno puede perder de vista fácilmente hechos básicos como:

    – Casi las tres quintas partes de los 4,5 mil millones de personas que viven en los países en desarrollo carecen de alcantarillado adecuado, una cuarta parte reside en viviendas lamentablemente inadecuadas y una quinta parte no tiene acceso a servicios modernos de salud.

    – Los europeos gastan $11 mil millones de dólares cada año en comprar helado, aunque con sólo $9 mil millones se daría agua limpia y servicios sanitarios a todas las personas.

    – Si se midiera como un país aparte usando los indicadores básicos de bienestar social, la población afro-norteamericana de Estados Unidos estaría 30 lugares por debajo de la población blanca del país en el orden global.

    Estas estadísticas tan golpeantes no provienen de un tanque pensante izquierdista renegado, sino de una pequeña y a menudo controvertida oficina dentro de Naciones Unidas –un programa que funciona bajo la etiqueta de “desarrollo humano”. Si los compartimentos estancos y las misiones independientes del sistema de la ONU han conformado una tupida burocracia, también han abierto algunos espacios de donde pueden surgir proyectos singulares. En relación con la teoría y análisis económico, el Informe de Desarrollo Humano (IDH) de Naciones Unidas brinda un excelente ejemplo.

    Durante una década y media, el IDH ha propagado un tipo de pensamiento desarrollista que contrasta con el punto de vista dominante del Consenso de Washington. Aunque nunca ha sido una empresa radical, no obstante ha armado a los defensores de la justicia global con estadísticas y análisis que levantan el velo de la retórica triunfalista neoliberal. El IDH ha cuestionado la dominación del Producto Interno Bruto (PIB) y el crecimiento económico como medida del bienestar, situando a la condición de los pobres del mundo en el centro del diálogo internacional. Y brinda una intrigante ilusión de cómo un grupo de pensadores ha dirigido exitosamente una estructura de la ONU, organismo que está tan politizado como es laberíntico.

    La emergencia del desarrollo humano

    Durante décadas el PIB dominó como la norma singular por la cual los economistas juzgaban el progreso de una nación. Pero esta medida del total de bienes y servicios producidos en un país tenía serias limitaciones. Robert Kennedy las describió de manera elocuente en 1968 en el contexto de EEUU:

    “Nuestro producto interno bruto”, dijo Kennedy, “suma la contaminación del aire y la publicidad de cigarrillos y las ambulancias que limpian nuestras carreteras de la carnicería. Suma las cerraduras especiales para nuestras puertas y las cárceles para quienes las violan… Suma el napalm y el costo de una cabeza nuclear y los vehículo blindados que se enfrentan a los disturbios en nuestras calles… Sin embargo, el producto interno bruto no incluye la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación o la alegría de sus juegos. No mide nuestra inteligencia ni nuestro valor; ni nuestra sabiduría ni nuestro aprendizaje… En resumen, mide todo, menos lo que hace que la vida valga la pena”.

    Pero mientras Kennedy hablaba, una visión del desarrollo se iba filtrando en el Sur global, la cual en décadas subsiguientes llegaría a presentar un reto mucho más serio a la “escuela del crecimiento económico”obsesionada solamente con el PIB. Este fermento, liderado por el economista paquistaní Mahbub ul Haq, hizo una prominente aparición en la arena internacional en 1990 con la publicación del primer Informe de Desarrollo Humano de la ONU.

    El informe presentaba un nuevo paradigma de “desarrollo humano” que fue cultivado incansablemente por Haq hasta su muerte por neumonía en 1998. Argumentaba que “mientras el crecimiento de la producción nacional… es absolutamente necesario para cumplir todos los objetivos humanos esenciales, lo que es importante es estudiar cómo este crecimiento se traduce –o deja de traducirse– en desarrollo humanos en varias sociedades”. Es decir, en bienestar real de los ciudadanos de un país.

    “El propósito del desarrollo”, declaraba el primer IDH, “es ofrecer más opciones a la gente. Una de sus opciones es el acceso al ingreso –no es un fin en sí mismo, sino un medio de adquirir el bienestar humano. Pero hay otras opciones también, que incluyen una larga vida, conocimiento, libertad política, seguridad personal, participación comunitaria y derechos humanos garantizados”.

    La superpotencia con rango menor

    El concepto de desarrollo humano tendría un impacto sustancial en el debate económico de la próxima década, uniendo una amplia gama de fuerzas insatisfechas con las medidas de crecimiento económico. Aún así, el IDH pudiera ser fácilmente ignorado al sufrir la suerte de incontables publicaciones técnicas que nunca llegan a estar en el candelero. Para evitar tal destino, Haq ideó un ingenioso ardid de relaciones públicas, un sistema de calificación que rivalizaría directamente con el indicador dominante del PIB. El Premio Nóbel de Economía Amartya Sen, que se oponía a reducir la complejidad del desarrollo humano a un único listado numérico, rememora que Haq promovía lo opuesto. “Necesitamos una medición del mismo nivel de vulgaridad del PIB –una sola cifra–, pero una medida que no sea tan ciega a los aspectos sociales de la vida humana como lo es el PIB”, argumentaba Haq. Sen quedó convencido cuando presenció la manera en que fue recibido el IDH. “Era extraño que un informe de la ONU llamara algo la atención”, escribe, “pero lo que era extraordinario es que casi todos los periódicos del mundo le dieron cobertura”.

    La medición única que el IDH presentó y a la que continúa dándole seguimiento anual, es el Índice de Desarrollo Humano. El Índice califica a los países sobre la base de una cifra que toma en consideración la expectativa de vida, la alfabetización y el poder de compra. Para disgusto de Estados Unidos, acostumbrado a considerarse el número uno en el mundo, la superpotencia generalmente aparece entre el cuarto y el octavo lugar del Índice. Queda detrás de países como Canadá, Noruega y Suecia los cuales, aunque no son tan ricos, producen ciudadanos más sanos.

    Pocas tablas estadísticas son tan interesantes como las del Índice. Muestra que países del Medio Oriente como Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Omán, cuyas inversiones en educación pública son insuficientes, quedan muy por debajo que si se midieran por el PIB. Cuba está 30 puestos por encima. El informe de 1998 mostró que Viet Nam (108) estaba mucho mejor situado que Guinea (162), un país con ingreso per cápita similar, debido a tasas mucho más altas de alfabetización y de expectativa de vida.

    Los informes (disponibles en el sitio web del Programa de Desarrollo de Naciones Unidas (PNUD) o por medio de la editorial Oxford University Press) van más allá del Índice y brindan cada año un análisis en profundidad de un tema seleccionado. Es esta investigación la que ha demostrado ser útil para los promotores de una alternativa a la globalización corporativa. El informe de 1995, que examinó el tema de Género y Desarrollo Humano, descubrió que 70% de los 1,3 mil millones de personas que viven en absoluta pobreza son mujeres. El informe de 2003, acerca de los Objetivos de Desarrollo de la ONU para el Milenio, reveló lo que The Guardian británico llamó “otra década perdida” en desarrollo. Mostró que 54 países –incluyendo algunos de los países presentados como “ejemplos” neoliberales de la década– finalizaron los años 90 del boom más pobres que cuando comenzaron.

    El hecho obligó al Administrador del PNUD Mark Malloch Brown, a solicitar un “asalto guerrillero” al Consenso de Washington. Y cuando Nelson Mandela quiso citar evidencia de la “desigual e injusta” distribución de las recompensas de la globalización, citó el informe de 1999, “Globalización con Rostro Humano”, que mostró que los cinco primeros países del mundo “dominan el 82 por ciento de los mercados mundiales de exportación y 68 por ciento de la inversión extranjera directa; los cinco últimos tienen sólo uno por ciento de cada acápite”.

    Los límites de la disensión de la ONU

    ¿Cómo es que se imbrica entonces el IDH en la estructura de la ONU? El PNUD, que incluye al IDH, no se ha distinguido por ser un refugio de los rebeldes anti-Washington. Los activistas que han chocado con la agencia dicen que Malloch Brown, a pesar de su declarada oposición a algunas políticas neoliberales, ha suavizado las críticas cuando se ha enfrentado a oposición política.

    Doug Hellinger, director ejecutivo de Development GAP y coordinador de sociedad civil global de una revisión completa de las políticas del Banco Mundial para ajuste estructural, cita ejemplos en los que la presión de Estados Unidos y amenazas de retener fondos han suprimido iniciativas críticas. “Tratamos de trabajar con PNUD para organizar un diálogo a mediados de los 90 acerca de los ajustes”, me dijo Hellinger. “Cuando se supo, los departamentos del Tesoro y de Estado de EEUU intervinieron y lo suspendieron. Ellos han podido crear un entorno en la ONU en el que la gente a menudo es intimidada”.

    La manera en que el IDH ha funcionado en este entorno politizado fue ejemplificado por su fundador, Mahbub ul Haq. Con estudios en Cambridge, Harvard y Yale, Haq siempre se posicionó como alguien no ajeno en el debate acerca del desarrollo. Trabajó durante largo tiempo en el Banco Mundial bajo Robert McNamara y dentro del gobierno paquistaní durante la dictadura de Zia. Pero sabía cuando podía criticar las instituciones para las que trabajaba. Muchas de las posiciones más polémicas de Haq no eran en contra del establishment de Washington, sino de los propios países en desarrollo: hizo énfasis en la capacidad de mejorar la vida de los ciudadanos incluso por parte de los gobiernos más pobres, y se enfrentó a administraciones militaristas para que recortaran los gastos en armas a fin de solucionar necesidades sociales.

    Dentro del sistema de la ONU, Haq trabajó para ganar un espacio de autonomía para el IDH. Su amigo, el economista Meghnad Desai, escribe que “Para preservar la integridad del Informe, Mahbub persuadió (al entonces Administrador del PNUD William Draper III) que no se publicara como un documento de la ONU –el beso de la muerte para la independencia–, sino como publicación autónoma del PNUD”.

    Sin embargo, la independencia del IDH tiene sus límites y muchas de sus recomendaciones pueden parecer tibias o desagradables para los críticos externos. Haq era un firme convencido de los mercados libres, estaba convencido de que las “oportunidades globales para el comercio y la inversión”, en vez de la ayuda económica, brindarían un camino clave hacia el desarrollo. Por supuesto, él llevó este concepto mucho más allá de lo que les gustaría a la mayoría de los países ricos, proponiendo penalidades de mercado para las naciones que son las mayores contaminantes y que restringen la inmigración

    Nuevo liderazgo

    El cambio más reciente de liderazgo en el IDH sugiere que la oficina continuará moviéndose en la estrecha zona al borde de la disensión “aceptable”. En agosto Kevin Watkins fue nombrado como nuevo director de la oficina del IDH. Watkins anteriormente fue Jefe de Investigaciones en Oxfam, una de las más prominentes NGO progresistas que se dedican al tema del desarrollo. Sin embargo, mientras estaba en Oxfam Watkins redactó la controvertida posición de la organización acerca del comercio, “Reglas Amañadas y Doble Moral”, que argumentaba que la falta de acceso del Sur global a los mercados de exportación del Norte era una razón clave para su continuo empobrecimiento. Eco de la posición de Haq, el documento atrajo el ataque de defensores aliados, como Walden Bello, Director Ejecutivo de Enfoque en el Sur Global, por reforzar “el paradigma del crecimiento orientado a la exportación” y “aumentar las presiones sobre los países en desarrollo para que abran sus mercados”. El documento de Oxfam también presentaba a los activistas de la globalización como “globófobos”, lo cual, señalaba Bello, tenía el efecto de “caricaturizar al movimiento al más crudo estilo de The Economist”. Oxfam respondió diciendo que “el acceso al mercado es un tema entre muchos” en su campaña en pro del comercio y reiterando sus críticas habituales a las “recetas de mercado libre”.

    Aunque hay incertidumbre si la presencia de Watkins producirá Informes que son más o menos confrontacionales en su análisis de política que los informes anteriores, es probable que la oficina permanezca siendo una de las contribuciones más poderosas de la ONU al debate del desarrollo. Haq señaló en 1998 que no ha pasado un solo año “sin que algún gobierno no exija la suspensión de estos informes”. Al mismo tiempo, más de 120 países han iniciado iniciativas de desarrollo humano a nivel nacional, a menudo utilizándolas conjuntamente con sus comisiones de planeamiento económico. Haq dijo que “a pesar de sus declaraciones en contrario, el Banco Mundial y el FMI aún están totalmente comprometidos con la defensa del crecimiento económico tradicional”. No obstante, los que van más allá del PIB han influido en iniciativas como los Objetivos de Desarrollo para el Milenio, cuyo progreso ha sido recogido en recientes IDH.

    Aunque los mecanismos del neoliberalismo persisten, los informes han presentado un paradigma de desarrollo guiado por valores marcadamente distintos. Y le han dado la legitimidad de la ONU al llamado en busca de alternativas. Eso, en sí mismo, es un desarrollo humanitario.

    Mark Engler, escritor que vive en la ciudad de Nueva York, puede ser contactado por medio del sitio web www.DemocracyUprising.com. Jason Rowe colaboró en la investigación para este artículo. Traducido por Progreso Semanal.